El Bisonte Europeo en el Sistema Ibérico: El Gigante que Nunca Debió Marcharse

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Durante décadas nos han contado que el bisonte europeo pertenece a las selvas húmedas de Polonia, que es un animal del este, ajeno a nuestros paisajes mediterráneos. Pero la arqueología y la ecología están reescribiendo esta historia: el bisonte no es un invasor exótico, sino una pieza perdida del rompecabezas ibérico que estamos empezando a recuperar.

Una flecha de hace 4.000 años cambia la historia

El descubrimiento en Navarra de los restos de un bisonte con apenas cuatro milenios de antigüedad revolucionó el debate sobre la presencia de esta especie en la Península. El animal tenía una flecha clavada en las costillas. Había huido herido hasta morir en una gruta.

Este hallazgo es demoledor para ciertos argumentos conservacionistas: el bisonte no desapareció de aquí por el clima, sino porque lo cazamos hasta extinguirlo. Hace 4.000 años, el clima y la vegetación de la Península eran esencialmente los actuales. Si el bisonte vivía aquí entonces, su reintroducción en el Sistema Ibérico no es un experimento arriesgado: es justicia ecológica.

Como señala el biólogo Josep Melero, solemos confundir los refugios donde una especie sobrevive con su hábitat óptimo. El bisonte quedó confinado en Polonia no porque ame los bosques densos y húmedos, sino porque allí fue el último lugar donde los humanos le permitieron existir.

El ingeniero del paisaje ibérico

El interés por traer de vuelta al bisonte no es nostálgico ni estético. Es profundamente funcional. Este animal cumple roles que ningún otro herbívoro actual —ni doméstico ni salvaje— puede replicar con la misma eficacia.

Desbrozador de alto impacto
A diferencia de los ciervos o los caballos, que se centran en pastos tiernos, el bisonte es capaz de consumir corteza y ramas gruesas. En los pinares de pino negral y pino silvestre del Sistema Ibérico, esto lo convierte en la mejor herramienta contra la matorralización excesiva. Sin máquinas, sin combustibles fósiles, sin subvenciones.

Creador de mosaicos
Con hasta 900 kilos de peso, un bisonte no camina por el bosque: lo atraviesa. Irrumpe en la vegetación cerrada creando claros y senderos. Este “efecto bulldozer” rompe la continuidad del combustible forestal —clave en la prevención de incendios— y permite que la luz llegue al suelo. Donde hay luz, aparecen herbáceas, insectos, aves.

Rompenieves
En las serranías de Cuenca y Albarracín, donde las nevadas pueden ser persistentes, el bisonte actúa como facilitador. Gracias a su morfología, rompe capas de nieve densa para acceder al alimento, dejando áreas accesibles para corzos y gamos que, de otro modo, tendrían dificultades para sobrevivir inviernos duros.

Sus heces valen oro (biológico)

Aquí viene una de las diferencias más radicales entre ganadería convencional y rewilding: los excrementos. La ivermectina y otros químicos usados en el ganado han diezmado las poblaciones de insectos coprófagos en nuestras montañas. Son como desiertos biológicos.

Los bisontes en proyectos de renaturalización operan bajo mínima intervención. Sus heces, libres de pesticidas, se convierten en oasis de biodiversidad. Estudios recientes muestran que las deyecciones de un solo bisonte pueden albergar cientos de especies de coleópteros y dípteros, que a su vez alimentan a aves insectívoras y murciélagos.

Además, la calidad del suelo mejora drásticamente. El bisonte acelera el ciclo del nitrógeno, transformando biomasa vegetal difícil de digerir en fertilizante de alta disponibilidad para el suelo forestal. Es química orgánica de la buena.

Superar la hipocresía de la conservación

Existe lo que Josep Melero llama una “visión colonialista de la naturaleza”: exigimos que los países del sur global conserven elefantes o leones porque son “patrimonio de la humanidad”, pero nos mostramos reticentes a convivir con grandes herbívoros en nuestros propios montes.

El bisonte es un animal notablemente adaptable y menos conflictivo que los grandes carnívoros. Su presencia en grandes extensiones cercadas de forma permeable o en régimen de semi-libertad permite una transición suave. No se trata de convertir la Serranía de Cuenca en una estepa rusa, sino de permitir que el ingeniero regrese a su puesto de trabajo.

Una herramienta para el futuro

El Sistema Ibérico Sur tiene algo que escasea en Europa: extensión y baja densidad demográfica. Condiciones perfectas para albergar poblaciones viables de megaherbívoros. La observación a largo plazo de estos proyectos demuestra algo crucial: el paisaje no se destruye con estos gigantes, se complejiza.

El bisonte europeo en el Sistema Ibérico no debe verse como una reliquia del pasado, sino como una herramienta de futuro. Su capacidad para gestionar el territorio de forma autónoma, sin maquinaria ni combustibles fósiles, lo posiciona como aliado clave contra el cambio climático y la pérdida de biodiversidad.

Restaurar al bisonte es, en última instancia, devolverle al Sistema Ibérico su capacidad de ser una naturaleza que funciona por sí misma. Y eso, en tiempos de crisis ecológica, no es nostalgia. Es supervivencia inteligente.

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