Fauna perdida: tras la pista del Oso, el Uro y otros Gigantes Extintos de la Sierra
Fauna perdida: tras la pista del Oso, el Uro y otros Gigantes Extintos de la Sierra
Cuando caminamos hoy por los bosques de la Serranía de Cuenca, nos maravillamos con la presencia del ciervo, el corzo, el gamo o el jabalí. Sus rastros son la prueba de una naturaleza viva y pujante. Pero nuestros bosques no siempre fueron así. Si pudiéramos viajar en el tiempo, nos daríamos cuenta de que el paisaje sonoro y visual de la sierra es hoy mucho más silencioso, más vacío. Faltan protagonistas. Faltan los grandes gigantes que un día dominaron estas tierras y que hoy son apenas un recuerdo, los fantasmas del bosque.
Gracias a documentos históricos y a las pruebas que la propia cultura popular ha dejado grabadas en el paisaje, podemos seguir la pista de esta fauna perdida y entender por qué desapareció.
El gran rey olvidado: el oso pardo
Sí, hubo osos en la Serranía de Cuenca. Y no eran pocos. El oso pardo cantábrico (Ursus arctos pyrenaicus) tuvo en el Sistema Ibérico uno de sus grandes reinos. Su presencia era tan real y tan influyente que obligó a los serranos a adaptar su propia arquitectura y sus oficios.
La prueba más tangible, la que podemos tocar hoy en día, la encontramos en piedra: el “cortín”. Estas fascinantes murallas circulares de piedra seca no eran corrales para el ganado. Eran auténticas fortalezas diseñadas con un único y claro propósito: proteger las valiosas colmenas del ataque del oso. El amor de este animal por la miel es legendario, y su fuerza era más que suficiente para destrozar cualquier colmena desprotegida. El cortín es, por tanto, el testimonio en piedra de un conflicto, de una coexistencia tensa entre el hombre y el gran depredador de la sierra.
¿Por qué desapareció? La historia de su extinción es la historia de una persecución implacable. Considerado una amenaza para el ganado y una competencia directa por los recursos (miel, frutos), el oso fue cazado sin tregua durante siglos. A esta caza directa se sumó la progresiva pérdida de los grandes bosques primigenios. Aunque aguantó en estos refugios montañosos mucho más que en otras zonas, se estima que los últimos osos del Sistema Ibérico central fueron abatidos entre el siglo XVIII y principios del XIX. Con ellos se fue el gran jardinero del bosque, el dispersador de semillas, el rey olvidado.

El toro primigenio: el uro, ancestro de gigantes
Antes que el oso, otro gigante aún más imponente dominaba los valles y las dehesas de la península. Era el uro (Bos primigenius), el toro salvaje europeo, el ancestro de todas las razas de ganado vacuno doméstico del mundo. No debemos confundirlo con un toro bravo o una vaca de montaña; el uro era un animal de otra escala: un bóvido colosal que podía superar los mil kilos de peso, con un pelaje oscuro y uniforme y una cornamenta larga y curvada hacia adelante.
El uro era un megaherbívoro, una fuerza de la naturaleza. Su papel ecológico era fundamental:
- Creaba paisajes: Su pastoreo a gran escala mantenía a raya el bosque, creando y conservando pastizales y dehesas. Abría claros en la espesura, permitiendo que la luz llegara al suelo y favoreciendo la biodiversidad.
- Ingeniero de ecosistemas: Con su fuerza, era capaz de derribar pequeños árboles y crear caminos en el bosque, facilitando el paso a otras especies. Sus excrementos, además, eran un pilar para toda una comunidad de insectos y un fertilizante natural de primer orden.
Se sabe que las antiguas vías de trashumancia que cruzan España, como las Cañadas Reales, eran originalmente las rutas migratorias del uro ibérico.
¿Por qué desapareció? El uro corrió una suerte paralela a la de otros grandes mamíferos. La caza intensiva desde la prehistoria, la competencia por los pastos con el creciente ganado doméstico y la pérdida de su hábitat a favor de la agricultura fueron reduciendo sus poblaciones de forma drástica. Aunque el último uro de Europa murió oficialmente en Polonia en 1627, en la Península Ibérica su extinción fue mucho anterior, probablemente durante la Edad Media. Con él perdimos al gran arquitecto del paisaje ibérico.

El caballo fantasma: el misterioso encebro
Mucho antes de que el último oso cayera, otro de los grandes herbívoros ya se había desvanecido. Los textos antiguos, como las “Relaciones Topográficas” de Felipe II (siglo XVI), mencionan repetidamente un enigmático animal: el “encebro” o “zebro”.
No era una cebra africana. Se trataba de un équido salvaje europeo (Equus hydruntinus), un tipo de asno o caballo salvaje de color ceniciento y muy montaraz. Su presencia era tan notable que ha dejado una huella imborrable en la toponimia de toda la península, y la Serranía no es una excepción.
¿Por qué desapareció? El encebro se extinguió en algún momento del siglo XVI. Fue muy cazado por su carne y, sobre todo, fue visto como un competidor directo por los pastos con el ganado doméstico. A medida que la ganadería se expandía, el territorio del encebro se reducía, hasta que su población colapsó y desapareció para siempre.
Un bosque más silencioso
La desaparición de estos grandes vertebrados no fue un accidente. Fue el resultado de un cambio profundo en nuestra relación con el entorno. La transformación del paisaje y una guerra declarada contra cualquier animal que se percibiera como una amenaza o una competencia, dejaron un vacío ecológico que aún hoy perdura.
Nuestros bosques son magníficos, pero son bosques incompletos. Les falta el respeto que infundía el oso, la fuerza telúrica del uro modelando el paisaje y la estampa salvaje del encebro galopando por las parameras. Conocer su historia no es un ejercicio de nostalgia, sino una lección de ecología y una invitación a reflexionar sobre qué significa realmente un ecosistema sano y completo.
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